La última y nos vamos
Me dijo mientras se levantaba para ir al baño. ¿La última? —pensé—. ¿Y nos vamos? —volví a conectar con mi pensamiento—. Pero yo no quiero que sea la última, ¿no? O quizá lo que no quiero es marcharme.
En realidad, aún no tenía claro si buscaba dar respuesta a una duda o simplemente dilatar el cierre de la noche mientras escapaba hacia el baño. Y es que la última era un fogonazo de terror; era como el cañón de un barco pirata apuntándome, esperando una llamarada que me hiciese cerrar los ojos y aguantar el impacto. ¿Y qué decir del «irnos»? ¿Pensaría de verdad que yo quería irme? ¿Tendría tan claro que deseaba ahogarme en melancolía durante el resto de la noche?
Preguntas que hacían un zigzag en mi cabeza, rebotando y transformándose con cada roce. Sin una respuesta concreta y con el tiempo parado. La caminata al baño me estaba pareciendo milenios, en un último intento de mi cerebro de mantenerme un poco más donde quería estar. Al levantar la mirada de nuevo, comprobé que volvió y que el acompañamiento era, nada más y nada menos, que dos cervezas. Rebosantes de espuma, doradas y burbujeantes; la última. La última que tomaría, dejando un vacío que ya no podría completar con alguna más.
El tiempo se escapaba entre los dedos con cada sorbo; el reloj de arena se agotaba y el vaso se iba vaciando al ritmo de nuestra conversación. Cuando apenas quedaba un trago habíamos alcanzado nuestro cenit y, agarrando el vaso con la intención de matar la cerveza, bebimos, bebimos y desaparecimos para siempre. Porque sí, fue la última, de esas «últimas» que se vuelven realidad, cumpliendo con lo menos inesperado de aquella frase. Nos fuimos y no volvimos, hasta ahora, porque siempre hay oportunidad de pasar a: “la última y volvemos”.