Señor de la muerte, señor del tiempo

Miraba las sombras pintadas en mi pared. El sol, como artesano de la luz, deslumbraba a través de mi ventana. Muchos aquí lo añoraban; yo no. Esos cuadrados amarillentos que destacaban sobre el gris del hormigón venían envueltos por sombras que desdibujaban mi mente. Me recordaban lo que ya sabía, que de forma irónica me hacían saciarme de ello. Frustración y soledad por saber que sigue habiendo un sol que no puedo saludar con mis mejillas; las sombras de los barrotes de mi pequeña ventana lo dejan continuamente enjaulado.

Y ahí pienso: me han arrebatado hasta lo que entra por mi ventana. Y es que echo de menos el bonito lienzo del sol dibujando un cuadrado perfecto. Echo de menos cuando en mi celda solo había oscuridad. Cuando la noche se cernía en todos los compartimentos dejando en igualdad de condiciones al mundo exterior. Era una verdad absoluta que la luz y el buen tiempo eran un arma más para debilitarnos, para hacernos pensar en que hay algo allí fuera que no tendrás. Parecía que el diseño de los espacios de esta cárcel estaba pensado a mala gana: pequeños, altos y muy iluminados por luz natural. La ventana, que más que una ventana era un hueco en el muro, cerraba con cinco barrotes de hierro. Ni un simple cristal que completase el muro entre la vida y este infierno. Una forma más de tortura para cualquier preso; porque no era la falta de hermetismo, sino todo lo contrario. Como saborear un delicioso pastel con los ojos a través de un escaparate, sabiendo que no tienes ni un centavo en el bolsillo.

El sol seguía subiendo, cambiando las formas que dibujaba en mi pared. No sabía qué hora era, tampoco me lo preguntaba, pero había una necesidad invariante de saber la hora. A veces la suponía; otras, simplemente, me la inventaba con la esperanza de acertar, de saber que llegaría pronto el ocaso de mi enemigo: el sol. Me levantaba de la cama para sentarme en un resorte que salía del muro. Era la hora del tarareo; hacía música con mi garganta con la intención de acallar los ruidos del pasillo donde los guardias daban la bienvenida a algún nuevo pobre diablo entre porrazos, insultos y risas. Tarareaba alguna cancioncilla que había entrado por mi ventana y, aunque jamás había alcanzado siquiera a ver algo a través de ella que no fuese el sol y el cielo, se intuía que había un parque donde perros, músicos y niños se juntaban. Eso eran como varias puñaladas conjuntas. Creía que vivía en una morgue rodeado de cadáveres, donde el único vivo y muerto era yo, al mismo tiempo.

La música amenizaba mi tormento, ya fuesen mis manos acariciando el hormigón o golpeando la puerta, tararear o inventarme una canción. Cuando no hay nada que hacer y los recursos son limitados, el ingenio se agudiza por diez. Lo notaba y al menos aplacaba un poco mis ganas de querer dejar de evangelizar a esta tortura. La cama, el resorte de la pared y un agujero para hacer tus necesidades. Era fascinante pensar que tan pocas cosas son necesarias para subsistir. Ni un triste libro, ni una revista antigua o unas fotos de recuerdos que te dejasen revivir por unos segundos tu vida pasada. Recuerdos que con el paso del tiempo se empañaban, se volvían opacos y suscitaban una sensación de olvido o demacración. No recordabas, y lo que recordabas estaba contaminado por el letargo de tu mente. La inanición de tu memoria hacía que cualquier recuerdo mutase en una historia inventada, en algo falso que solamente imitaba lo que a tu subconsciente se le hubiese ocurrido en cualquier sueño o pesadilla. Mis pesares con los recuerdos pasaban cuando mi mente volvía a ingeniar otra cancioncita y donde el tarareo hacía de salvavidas, de muro contra la locura.

Sentado en el resorte volvía a bostezar y estrujar mis manos contra mis ojos. Queriendo evadirme de nuevo en la oscuridad, así me mantuve un rato. No escuchaba nada con la palma en mis oídos y por fin alcanzaba el clímax. Mi momento culmen de placer del día. ¿Cuánto duraría? Pues bastante poco. Mi olfato al minuto ya estaba olisqueando un sabroso estofado que embadurnaba mi fea jaula con un aroma a cocina de mi abuela. Ese olor reiniciaba mi quemado cerebro y dejaba la imaginación a un lado. Era como si pudiese degustar de nuevo su pollo en salsa o sus carrilleras con vino tinto. Y me deleitaba con ello. Había aprendido a comer con la mente, a disfrutar estos olores que eran tan poco comunes. Normalmente no estaba hambriento, me había acostumbrado a comer una sola vez al día. El plato eran gachas, arroz y una manzana. Además, te traían una jarra de agua de un litro. No es que estuviésemos muy bien alimentados o hidratados que digamos, pero tampoco necesitábamos más. No salíamos de las celdas; bueno, al menos yo no salía de la celda. Era un poco como el gato de Schrödinger: fuera de mi celda no sabía si el resto de los reclusos disfrutaban de espacio y cierta libertad.

Tampoco me tenían permitido recibir visitas y eso había hecho que mis seres queridos, de alguna manera, fuesen menos queridos actualmente. Esa nube de familiaridad, de amor fraternal, de amistad y romántico quedaba en una mera anécdota. En un viejo recuerdo que todavía costaba construir. Sus caras volaban alrededor de mi mente intentando hacerse un hueco entre mis penurias, buscando un rincón que ya ocupaba la nada y el vacío. Ya no había espacio para besos y abrazos; las caricias se habían convertido en una furia contenida en un cuarto de tres metros cuadrados. Llegó un momento en que dejé de saber si les echaba de menos, de si los quería más o menos. La ignorancia había copado todos los huecos de mi sabiduría. Y esto era una de las cosas más duras; una fórmula que relataba lo que eras ahora ocultando lo que en algún momento fuiste. Tú mismo dejabas lo que algún día fue importante a un lado sin llegar a tener la certeza de que lo fue. Sabía que estaban, o al menos que estarían, y cuando saliese debería renacer. Adecuarme a una especie de inicio que construyese mi vida; teniendo en cuenta que algún día saldría de aquí.

Después de que el agradable aroma a comida desapareciese, apareció otro sonido; uno que te alegraba el corazón en cualquier situación. Las risas se extendían rebotando en las paredes y creando un eco que me hacía sacar una sonrisa. Una sola contagiaba al resto haciendo un coro. Eran atronadoras y dulces; daba ternura el simple hecho de imaginarme a aquellas personas viviendo un buen momento, siendo felices. Aquí los recuerdos y la imaginación no funcionaban como solían. Las risas dejaban un espacio de calma, de descanso, que mi cabeza agradecía. Era simpleza y normalidad; era un sonido locutado por la bondad que aún queda en el mundo y que en este particular infierno no se suele escuchar a menudo. Hasta que se apagaron y todo enmudeció.

Ya no había sonidos, ni olores, y el sol, después de sus horas de jornada laboral, empezaba a despedirse mutando su reflejo amarillento en un precioso tono anaranjado. La oscuridad acaparaba la caída del sol dejando a los últimos rayos en una anécdota. El negro y aciago cielo dejaba paso a la luz de la luna que duró un pequeño rato. Las nubes no estaban por la labor y el cielo encapotado percutó por su criptonita: la luz artificial. Las farolas iniciaron su andadura en las horas nocturnas y empezaron a dibujar unas sombras muy diferentes en mi pared. Los barrotes ya no eran el único impedimento a su llegada a mi celda y los objetos construían una figura demoníaca en mi pared. Cuernos, ojos y dientes afilados; me observaba y me juzgaba. Envuelto en una especie de juicio espiritual, yo no perdía de vista aquella sombra. No mutaba, solamente estaba fija hasta que la primera luz del sol se alzase en el alba. Hasta entonces la noche estaría vigilada y gobernada por aquella sombra que acompañaba mis noches. Aquel demonio me custodiaba como a su mayor tesoro. Probablemente uno se acostumbra y el miedo transforma lo concurrente en algo mundano; sin embargo, no era el caso de aquella figura. Seguía con cada aparición revolviéndome el estómago y creando una incertidumbre incalculable.

Volvería con cada encendido de las farolas y aterrizaría en mis propias carnes con rabia y desgracia. Mis ojos, solitarios, se vieron acompañados de nuevo con el sonido de las gotas golpear el asfalto y el olor de césped mojado. Una tormenta apresurada aparecía para completar la nocturnidad. La lluvia aumentaba con cada minuto y las gotas que rebotaban en la ventana mojaban mi cara. No me importaba; era la única ducha que iba a recibir hasta la siguiente lluvia. Me relajaba con cada estallido de gota en el suelo. Para mí la noche le pertenecía a la lluvia, era su momento, su área de refugio para hacer acto de presencia. La sombra se desvanecía con la intensidad de la lluvia, desquebrajando al demonio de mi pared y dándome un respiro en mi atadura a la inquietud de mi noche.

¿Sería la hora de dormir? ¿Cuánto tiempo habría pasado? Para mí las horas y minutos no habían significado nada, pero la noche daba una ligera sospecha de que era momento de regresar a la cama. Me tumbé en el frío colchón y empecé a mirar las telarañas que colgaban del techo. La ventana, que estaba colocada encima de mi cama, me permitía una vista del movimiento de las nubes que hacían de la luna un foco tras una mampara. Resoplé y cerré los ojos. ¿Qué más podía hacer? Ya había acabado el día. O no, y simplemente no había un inicio y final de ellos. ¿Por qué lo iba a haber? Mi vida continuaría igual con luz o sin ella, o al menos eso pensaba. El tiempo relativizaba de una manera concisa. Se consideraba algo ajeno a la prisión. Sin saber condena no sabía cuándo finalizaría. Sin saber en qué día vivías tampoco sabrías cuándo acabaría todo.

Todo era un presente perpetuo y aquí las leyes elementales de la naturaleza no funcionaban igual. La muerte tampoco llamaba a tu puerta. Si aparecía, seguramente se le diese la bienvenida, ya que era lo que más se le parecía a la libertad. Todo aquí trataba sobre ello: muerte y tiempo. Cómo jugases tus cartas con ellas es lo que te depararía las luces y las oscuridades venideras. La fugacidad no tenía forma, la momentaneidad era algo a intuir y la vida era algo a sospechar. Encerrado, así vivo, queriendo sentirme humano y libre, queriendo saber que hay algo fuera por lo que luchar y alguien a quien querer. Llorar, alegrarme y enfadarme, sentirme más vivo de lo que puedo llegar a pensar cómo se siente. Aquí no hay consideraciones ni aplicaciones de “todo pasa por algo”, aquí no existe la misericordia ni la empatía. Alguna vez fue y estuvo en mi vida, ya no. Alguna vez fui persona y, por supuesto, ya no.

Un último intento, me propuse. Me levanté para ver si alcanzaba la ventana una vez más. Demasiado alejada de mis manos, era impensable llegar a ella. Apoyé mis manos en el hormigón y empecé a golpearlo con mis puños. Volví a la cama de nuevo, resignado por un nuevo intento frustrado por las dimensiones de la celda. Sabía a ciencia cierta que la tortura continuaba y me dejaría una mella que en algún momento desaparecería como una estrella fugaz.

Por último, pensé en cómo podría acabar, cómo podría llegar a terminar la tortura a la que me veía expuesto. ¿Golpeando mi cabeza contra el muro una y otra vez? No creo, acabaría desmayado sin alcanzar mi objetivo. ¿Dejando de respirar? Un rotundo no, ya no éramos niños. ¿Y quizá poniendo la pequeña almohada en mi cara? Seguramente intentaría volver a respirar y buscar vivir. ¿Entonces qué me quedaba? Nada. Empecé a llorar de la frustración y volví a entender, una noche más, que mis lágrimas no serían arrebatadas. Que mis emociones, por tenebrosas que fuesen, camparían a sus anchas entre estas cuatro paredes. La oscuridad coparía cualquier lugar que yo quisiese hasta que el cuadro de luz volviese a arrastrarme a mi lugar.

Comprendí que, al no existir la muerte ni el tiempo, me convertían en su amo, en su señor, y su construcción dependería tan solo de mí.

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La última y nos vamos