La nube negra
Un estruendo acristalado me despertó la pasada madrugada. Abrí los ojos, medio infartado gracias al tan simpático de mi sistema. Miraba alrededor y no veía nada, como buen miope. Observé la hora en mi móvil: las cuatro de la mañana, ni más ni menos. Y como si del mismísimo Batman se tratase, ahí estaba, postrada en su postura favorita. Mi gata me clavaba su mirada, con una cara entremezclada por el odio de quien es ignorado y la culpabilidad de quien sabe que su reacción se le fue de las manos.
Un suspiro previo a darme cuenta de la falta de un vaso en aquella balda. Sí, en la estantería me faltaba ese vaso de chupito que me trajeron de Vietnam. Postrado en mi rincón favorito donde acumulo mis tesoros, mis recuerdos más valiosos. Ahora faltaba uno, mientras ella se unía en su formato de vigilante de la playa. Me restregaba la cara, todavía en un estado entre la parálisis de quien se niega a despertar y la furia de quien tiene que levantarse cuando el cuerpo no da para más.
—¡Joder! —exclamé mientras me levantaba de mala gana.
Limpié los cristales esparcidos por mi cuarto y aproveché para echar más comida a mi gata. Ahora, ahora podía volver a descansar y seguir durmiendo… Pues no. Ahora mi cabeza me susurraba: “no es el momento, ya te has despertado”. Más resoplidos y una certeza en mi mente: qué mierda de semana, ¿no? Los porqués aparecían como pajarillos, parecían infinitos. Una mala semana con multitud de razones. No sabía muy bien qué hacer, no podía dormir y tampoco veía una utilidad a todas esas piedras que me angustiaban más y más.
Postrado en la cama, tras unos desgastadores minutos, intenté dejar mi mente en blanco. Sin embargo, notaba cómo el techo se oscurecía aún más. Cobraba forma, como una tormenta, como una nube de azúcar embadurnada en hollín. Ahora sí, era el momento de más pavor; si pensaba que todo estaba dicho y hecho, me iba a dar de bruces con la realidad. Esa nube que levitaba en mi cuarto, sobre mi propia cabeza, iba a descargar toda su furia para terminar de rematar a un pobre hombre malherido y somnoliento.
Mi respiración se aceleraba y parecía como si un redoble de tambor acompañase a esa masa oscura que se cernía sobre mí, cada vez más cerca. Los músculos tensados y una angustia en el pecho delataban la cercanía de la nube, acechándome. Ya está, era el momento. Cerré los ojos para no ver el último estacazo de aquel endemoniado ser y, de pronto, apareció de nuevo: mi gata. Me miraba atónita mientras se relamía, con cara de incredulidad. Se acercó sigilosa y, como si fuese el mismísimo Batman —el de verdad—, me salvó. Solo bastó un ronroneo y pegar su espalda en mi pecho para descubrir que la nube más oscura que había en mi habitación tan solo era la sombra de un camión parado en la esquina.